Extrañas visitas


Al alba, la situación en Pavis era muy tensa. Por un lado, era el día de la gran fiesta sagrada anual de Orlanth, el dios de las tormentas. Por otro, tras la escaramuza los lunares habían declarado el toque de queda y las tropas imperiales invadían las calles para registrar hogares e interrogar ciudadanos en busca de rebeldes orlanthis y fugitivos. Rungard se marchó hacia la Gran Ruina para asistir a la ceremonia secreta de adoración a Orlanth oficiada por Orvost Tintalker. Por su parte, la ceremonia en el templo orlanthi de Pavis se preveía muy vigilada por las tropas lunares, ya que un cordón de legionarios rodeaba el Templo del Aire y todo el que quería entrar era breve pero estrictamente interrogado por un oficial acerca de sus actividades durante la noche anterior.
Mina y el resto del grupo salieron de su escondite vigilando que no los viera nadie y se dirigieron a la mansión del duque Raus para avisar a Sardeus de que esa noche no habían ido a dormir allí porque el toque de queda los había cogido por sorpresa en una taberna.


Luego, Naid y Hornash acudieron a la gran fiesta sagrada de Orlanth. Al pasar por delante del oficial interrogador y ver que estaba usando magia para detectar mentiras, confesaron haber pasado la noche en la casa al pie de la Colina de los Ricos y, en secreto, rezaron al dios de las tormentas para que el partidario de la rebelión que los había acogido no acabara en el patíbulo. Pasado el cordón del Imperio lunar, una hilera de iniciadas de Vinga rodeaba el edificio para impedir que ningún enemigo del culto de Orlanth pudiera interrumpir la sagrada celebración, y Mina se unió a ellas con orgullo. Pese a la tensión que se vivía en las calles, la ceremonia de la gran fiesta sagrada de Orlanth discurrió normalmente. Krogar Yelmolobo y Faltikus el Bueno dirigieron los sacrificios y los ritos y, mientras en el exterior rugía una tormenta eléctrica de grandes proporciones, en el interior se sacrificaba las ofrendas y se representaba el mito de cómo Orlanth conoció a Heler.

Mientras tanto, Nafai, Uldur y Tarin oyeron el griterío que se iba extendiendo por las calles a la vez que los transeúntes empezaban a señalar hacia el noroeste. En esa dirección podía verse un resplandor rojizo que cada vez iba haciéndose más intenso y cercano. La gente comenzó a ponerse nerviosa y no tardaron en extenderse los más variados rumores sobre el resplandor. No obstante, uno de estos rumores logró imponerse sobre el resto cuando un viejo afirmó que aquel brillo escarlata era el que siempre precedía la llegada del temible demonio lunar llamado el Murciélago Carmesí (!!!), un gigantesco engendro caótico a las órdenes del Imperio. Al poco, el rumor se había extendido ya por toda Pavis y las calles se sumieron en la confusión. Ni siquiera los soldados de la guarnición lunar parecían saber si debían controlar a las masas o huir de la ciudad. Por su parte, los iniciados del Toro Tempestuoso reaccionaron a la noticia como si se tratara de una misión sagrada de su dios y salieron en tropel de su templo para hacer frente al monstruo a toda costa. La gente empezaba a correr hacia las puertas de la ciudad, unos con lo puesto, otros con niños en brazos, otros con inmensos paquetes, pero todos desesperados por huir de una muerte horrible y segura...

Y cuando la confusión ya casi se había apoderado de la ciudad, una potente onda de magia blanca y reluciente surgió de la cima del templo escalonado de Pavis recorriendo todas las calles hasta llegar a las murallas... y la paz reinó de nuevo. Desde lo alto del templo, Cyrilius Harmonius, sacerdote del dios de la ciudad, se dirigió a los ciudadanos haciendo uso de un instrumento mágico que le permitía potenciar su voz: «¡Estimados conciudadanos! Nada debéis temer. Acabamos de recibir un mensaje que anuncia la pronta llegada a Pavis de una visita muy importante del Imperio y por tanto espero que nuestra ciudad esté preparada para tal honor». Efectivamente, al cabo de un rato, el rayo de luz carmesí se concentró en la parte superior del templo. Poco a poco, todo el mundo empezó a distinguir que algo se acercaba surcando la luz roja mágica. La gente de Pavis, con sus cabezas giradas hacia el oeste, puso ojos como platos y se quedó muda de asombro al ver que lo que llegaba a la ciudad flotando por los aires era un extraño y magnífico barco. Un barco sin velas ni remos, de madera roja y bellos estandartes imperiales. La embarcación fue a posarse junto a la parte superior del templo, donde ya se habían reunido los miembros distinguidos del culto de Pavis. Al mismo tiempo, una comitiva de soldados lunares escoltaba el palanquín del Conde Sor-Eel, que se dirigía a toda prisa hacia el templo para recibir a aquella importante visita de la que nadie parecía haberle avisado. Maldiciendo, se apresuró a subir la escalinata del templo sujetándose la toga mientras de la cubierta del barco se lanzaban ya unas cuerdas con las que amarrar el bote mágico. De la quilla del barco se abrió una puerta y descendió una recia plancha de madera. Los primeros en bajar por ella fueron veinte soldados lunares con armaduras brillantes nunca antes vistas en la ciudad. Luego la multitud que atestaba la plaza situada ante el templo dejó escapar una serie de gritos de sorpresa y terror al ver aparecer una criatura parecida a un dragón saliendo del barco. Era un reptil alado que andaba a dos patas y parecía tener un arnés y silla de montar sobre el lomo. Después salieron otras seis wyvernas con sus respectivos jinetes de capas rojas, que alzaron el vuelo y empezaron a sobrevolar la ciudad. Nafai, Uldur y Tarin, atónitos como el resto de la muchedumbre, observaban el espectáculo con gran interés. Finalmente surgió del bote lunar un hombre ataviado con una reluciente armadura de bella manufactura que hizo reaccionar a la comitiva de mandatarios de Pavis que aguardaban en la cima del templo y empezar a acercarse a él para darle la bienvenida.


En ese momento, Nafai oyó que algún espabilado estaba vendiendo entre la multitud un conjuro espiritual que permitía ver lo lejano con claridad y le pagó gustoso las monedas que pedía para poder ver de cerca a aquel visitante. Se trataba de un hombre alto y fornido, de unos treinta años, con una barba cuidada y el pelo recogido en extrañas trenzas. Su expresión era seria y su mirada penetrante, y tenía un aire de rotunda autoridad. No se entretuvo con las cortesías. Saludó de forma educada pero breve a todos los dignatarios pávicos y, casi sin prestar atención a Sor-Eel, bajó la escalinata del templo precedido por su escolta. Los guardias de Pavis empezaron a apartar a los mirones para dejar paso a los recién llegados, que se dirigieron con paso ligero hasta las puertas del cuartel general del Imperio. Nafai, Uldur y Tarin llegaron allí a base de empujones y observaron como el hombre de la armadura impresionante cruzaba unas palabras con un par de hombres antes de entrar en el edificio como si fuera su propia casa. Al principio no los reconocieron, pero luego recordaron quiénes eran: Luktor Rimbaud y Bardok Cheel, los pasajeros lunares que les habían acompañado en el barco hasta llegar a Pavis (ver entrada 10: Misiones en Pavis).

Poco después, las gentes de Pavis fueron dispersándose y volviendo a sus quehaceres diarios, mirando con desconfianza a las wyvernas en el cielo y comentando animadamente quién podía ser aquel extraño hombre que parecía estar por encima de hasta el mismo Conde Sor-Eel "el Bajo" y, sobre todo, que había llegado de aquella manera tan espectacular a la ciudad.

Al cabo del día, nuestro grupo de amigos se reunió en casa de Sardeus para prepararse para el viaje de vuelta a Fuerte Raus. Al amanecer debían volver, aunque todavía no habían descubierto mucho sobre el robo en la mansión del duque. El hermano de Raus les informó de que había recibido la visita de las amazonas yelornianas y éstas le habían comunicado que iban a viajar hasta Ronegarth por tierra. Al día siguiente, Raus consiguió un pasaje para el grupo en un barco mercante que se dirigía río abajo. Cargaron los cofres con el oro y la plata que habían recibido por la venta de los objetos mágicos y antigüedades y Raus les confió también cartas para su hermano.

Semana de la ilusión, día del agua

Mina la Bella y sus amigos (junto con los dos primos de Uldur), desembarcaron frente al Fuerte Raus. Mina tenía muchas ganas de presumir ante el resto de mercenarios sobre todo lo que había visto y vivido en la gran ciudad (o, al menos, sobre aquellas partes que podía contar). Además, contaba con que la recibirían con vítores por traer el oro y la plata que aseguraría las pagas de los mercenarios. Sin embargo, al acercarse a la entrada de la empalizada, nuestros seis protagonistas se sorprendieron de lo silencioso que estaba todo. Algo no andaba bien en el fuerte...

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
La estrategia de los administradores del Imperio Lunar en Pavis siempre estuvo marcada por dos hechos fundamentales: la relativa falta de importancia de la ciudad en los planes del Imperio y su nada relativo aislamiento con respecto al resto de territorios imperiales.

El Condado de Pavis está alejado de las rutas comerciales de Genertela, situado entre el Dagori Inkarth infestado de trolls, las planicies yermas de Prax, llenas de tribus guerreras enemigas del Caos y los Yermos, imposibles de colonizar. El viaje a través de los Yermos hasta Kralorela era demasiado peligroso, aunque los Rastreadores del Desierto lo realizaban con relativa frecuencia. El propio viaje desde Tarsh (sede del Gobierno Provincial) hasta Pavis tenía que atravesar Sartar, siempre rebelde, y la propia Prax, asolada por el bandidaje.

Sólo había tres razones para mantener la presencia del Imperio en Pavis: Corflú, la Gran Ruina y las tierras por colonizar en el valle de Zola Fel.

Corflú fue durante un tiempo la única salida del Imperio Lunar al Oceáno. Podría haberse convertido en un importante puerto comercial, pero estaba demasiado lejos como para poder transportar rápidamente recursos y materiales para su expansión, y también demasiado alejado de las principales rutas comerciales como para resultar rentable. Cuando el Imperio conquistó Karse en la Nación Santa, Corflú resultó definitivamente eclipsado.

La Gran Ruina era una fuente de objetos mágicos extraños y artefactos de pasadas eras, y como tal atrajo a místicos, magos e investigadores del Imperio Lunar. Pero era peligrosa y, al fin, existía una cantidad de artefactos limitada y no renovable en ella, que no justificaban por sí mismos la presencia del Imperio.

La única utilidad para la que Pavis parecía especialmente indicada era como lugar de exilio honorable para facciones imperiales y ciudadanos que se habían hecho demasiado peligrosas en el Imperio, pero que eran lo suficientemente importantes como para no ser ejecutados. La solución perfecta era enviarles a la frontera entre Prax y los Yermos, donde los bárbaros, los monstruos caóticos y la propia dureza de la vida mantendrían ocupados a los exiliados en sobrevivir, y no en planear venganza contra el Imperio. El Duque Raus y sus partidarios son un ejemplo paradigmático de la aplicación de esta estrategia.

Así pues, al Imperio le interesaban Pavis y las tierras de alrededor, pero no estaba tan interesado como para invertir una cantidad significativa de sus recursos para controlar una región tan desolada y aislada.

Por lo tanto, el Gobernador Sor-Eel el Bajo tuvo que adoptar una postura pragmática a la hora de gobernar Pavis: controlar lo que pudiera con los recursos que tuviera. Es por ello que se instaló a Faltikus el Bueno como sacerdote principal del Templo del Aire, en lugar de prohibir por completo el Culto de Orlanth; porque era mejor imponer a un sacerdote afín al Imperio Lunar que desperdiciar los magros recursos disponibles en suprimir por completo el culto. La colaboración con el Culto de Pavis, la alianza con el despreciable Hargran el Sucio en el Fuerte Zebra o la casi total independencia de los colonos en el valle de Zola Fel son otros ejemplos de los compromisos que tuvo que aceptar el Gobernador Sor-Eel para poder mantener el control sobre Pavis con los medios de que disponía.

Y cuando la situación comenzó a empeorar, el mando imperial decidió enviar a un cuerpo de agentes especiales que establecieron una autoridad paralela a la del Gobernador y rompieron el delicado equilibrio de poder establecido. Sin duda alguna habría sido más inteligente enviar tropas frescas que sustituyeran a la cansada Falange de Mármol y a los Escudos Rojos, o dinero para obras públicas y administradores competentes que trajeran prosperidad a la ciudad y mostraran las bondades del Imperio.

Pero la realidad era que Pavis no era tan importante en los planes del Imperio, y cuando por fin se realizaron esfuerzos importantes por mantener el control de la región, la situación había pasado a ser incontrolable.

Aureclepius, Sabio de Lhankhor Mhy
Rutius Escudoquebrado ha dicho que…
¿¡Fazzur el Ilustrado estuvo de visita en Pavis en el 1619 TS?! ¡Menuda aparición!

Tengo una duda, maestro Silenis: si los sacerdotes lunares estaban utilizando magia para saber si mentían, ¿por qué no le preguntaban a la gente directamente si estaban implicados en la escaramuza o en el rescate del prisionero? (pregunta típica de mosca cojonera, lo siento, no volverá a pasar).

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